Después
del bajón de ayer, me quedo en casita toda la mañana. Me hago una
ensalada para comer, y de postre un yogur. Estoy desganada
completamente. Y parece que F. sabe cómo estoy, porque en cuando
llego al curro propone hacer pasta carbonara para nuestra cena. Amor
infinito a esa pasta. ¡¡Madre mía que buena está!! Y para
acompañarla, spezatino, MI spezatino; el que empecé a hacer ayer,
vamos. Qué rico está todo, me levanta la moral de golpe. Y encima
de postre hoy tengo tiramisú de S. ¿Puede mejorar el día? Pues si.
Salteo espinacas y ayudo a emplatar el grupo de esta noche. Llegados
los postres, me ocupo del horrible e infumable tegolino y de un par
de frutas.
Salgo
tardísimo y voy corriendo al bus, pero aún me quedan 20 minutos de
espera. Me monto en el bus por fin y no hay ningún asiento libre,
así que me agarro a lo que puedo cerca de la puerta de salida. Una
chica bastante muy alternativa (no podía serlo más) se levanta para
salir en la próxima parada. Lleva un cachorrito de perro de apenas
semanas, lo más adorable del mundo a esa hora; y el pequeñajo me
mira, lo miro... y me bosteza con su boquita chiquitina. Os lo juro,
no puedo parar de sonreír como una idiota cada vez que recuerdo esa
carita.
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