sábado, 22 de marzo de 2014

Día 13

Sin duda hoy es mi día de suerte.

Me levanto, me voy a la ducha y no hay agua caliente. Esta noche me han picado tantos mosquitos que parezco un gremlin. El autobús está a rebosar y parecemos una lata de sardinas. Ademas, hoy hay huelga de transporte, así que encima tengo suerte de que el bus llegue a tiempo. Llego al curro y lo primero que hago es cortarme el dedo y llorar con la cebolla. Poco después me pongo a freír verduras y me salta el aceite al brazo y a la cara. Genial, si no fuera poco con los mosquitos ahora también tengo una quemadura cerca del ojo. En el proceso de freír, prendo fuego al papel de la bandeja y yo todo tranquila. En el servicio me quemo con el horno y un poco más tarde con las patatas. A la hora de la limpieza, me cae vinagre en el corte de antes. Y cuando me estoy cambiando, entra P. y sale rápidamente con la cara rojísima. Superdía en cocina, vamos.

Salgo del curro y camino calle abajo. Entro en una juguetería monísima: modelismo y juguetes de madera aparte de juguetes normales. Paso por una oficina de Información y Turismo y me dan mapas de ciudad y bus, horarios de museos, y hasta me aconsejan sobre supermercados. Muy maja la chica. Como voy con el piloto automático puesto, empiezo a andar hacia mi casa. Cuando llego a Santa Croce me doy cuenta de mi error, pero claro, ya que estoy ahí, echo un vistazo a los puestos y saco una fotillo. Resulta que hay un puesto con miles de millones de moldes de pastelería: de bombones, flaneras, con la flor de lis florentina... y hasta uno con la forma del Duomo. Lo quiero. Lo necesito. ¡¡¡Mamáaaaaaaaa!!!

Cojo un bus que por suerte pasaba por allí y voy hasta casa de los compañeros. Subo a dejar la mochila y me voy con A. a comprar los ingredientes para el bizcocho. Volvemos a su casa y me pongo manos a la obra. 35 minutos después tenemos un bizcocho y un curioso y preocupante olor a amoniaco. No sabemos de dónde viene, así que meto al horno la segunda masa. Probamos el primer bizcocho y... puaj. Sabe medio bien, pero huele a amoniaco que echa para atrás. Resulta que la “levadura” que he comprado deja un ligero (ligero mis narices) olor a amoniaco, pero luego al enfriarse se va. Decidimos ir a dar una vuelta y dejar el bizcocho al aire. Me tomo mi primer helado: de nocciola (chocolate y avellanas) y stracciatella (chachiatella para algunos). Madre del amor hermoso, ¡¡pero que bueno está esto!! No sé cómo he tardado tanto en probar semejante placer de los dioses. Así que, ya sabéis, no esperéis ni un día; llegad y comed helado.
Visitamos OVS, una tienda de ropa, dónde A. y yo nos reímos bastante; y luego bajamos hasta el río a sentarnos a la luz de la luna, y las farolas, a tomar algo. Se nos acercan unos patos, pero N. nos protege como buena amiga que es. Cuá pa'ti.
Subimos a su casa, pero el bizcocho sigue oliendo a amoniaco, así que va directo a la basura; habrá que probar otra vez con levadura de verdad. Y me voy a casa. Bueno, lo intento. La huelga de transporte hace que tarde hora y media en vez de veinte minutos. Cojo un bus que me lleva hasta Piazzale Michelangiolo y luego me bajo cerca de casa y termino el camino andando.


Día cansado, raro de narices, pero creo que un buen día al fin y al cabo.

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