Toca un
día de nerviosismo puro. Me tiro la mañana terminando el
diccionario y pensando si no será muy pijo lo que me pongo para la
entrevista, qué tengo que comprar para la cena, adónde tengo que
ir... Acabo comiendo una ensalada riquísima y poniéndome lo que
tenía pensado. Para mi madre estoy muy guapa, pero claro, para todas
las madres sus hijos están siempre guapos, así que no cuenta mucho.
Salgo
pronto de casa, ya que los 40 minutos andando no me los quita nadie.
Cerca de la Accademia compro por fin el bono mensual de autobus. Una
preocupación menos. Llego antes de lo esperado y me encuentro con
B., una compañera de Gamarra; y da la casualidad de que vive cerca
de mi, así que habrá que quedar algún día.
G. me
acompaña a hacer la entrevista, y menos mal, porque mi italiano
sigue siendo macarrónico. Conozco a Sor Jefazo, al chef y a uno de
los camareros. Todos son majísimos, así que espero tener una buena
experiencia aquí. El jefe nos invita a café durante la entrevista.
Si el café del otro día era gloria bendita, este es el mismísimo
Dios.
Al
salir, voy paseando por el centro un buen rato, disfrutando de la
tranquilidad de la ciudad, sin prisa. Paso por una tienda heavy
¡yeah! Sigo paseando y... ¡otra tienda heavy! ¡Y aún más molona
que la anterior! El dependiente me mira como si no pintara allí.
Malditos prejuicios y maldita ropa de entrevista. Pero bueno, por muy
mal que me mire no tiene ni idea de los grupos por los que le
pregunto, así que con el chasco en el cuerpo, salgo y sigo paseando.
Como ando un poco perdida pregunto a una señora por la calle que me
llevará a la estación central. Espero al bus, y mientras me doy
cuenta de una cosa: los autobuseros conducen de pena, eso si, si te
ven corriendo, te esperan hasta que llegas con la puerta abierta.
Vuelta a casa, cena y a prepararse para el día 5.
Hoy Espu
no tiene foto, así que os dejo una de las muchas señales que
dirigen el tráfico en Florencia.
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