domingo, 18 de mayo de 2014

Día 48

Me despierto pronto, desayuno y me preparo un bocata para comer. Cojo el bus y voy a buscarlos a su albergue, que está situado justo en la plaza del mercado del jabalí. Me encuentro con el grupo de expedición de la compra, subimos y les ayudo a preparar el desayuno mientras terminan de prepararse todos. S. está escribiendo la postal que envían desde todos los sitios que visitan. En ella hasta mencionan mi presencia como guía y me hacen firmar. Cuando todos han desayunado y se están ultimando los bocatas de la comida, nos convocan a todos en la habitación más grande y... ¡regalo! Me muero de vergüenza. Me han traído una jarra de cerveza de Munich enoooorme. Me encanta tanto que prometo utilizarla para comer cereales mientras esté aquí, y cuando vuelva a Vitoria, nos tomaremos algo juntos con la jarra. Cogemos las mochilas y a patear. Tengo varias rutas posibles en la cabeza, pero elijo la que nos permita verlo todo antes para poder dejar tiempo para compras y maletas a la tarde, ya que ellos se van mañana muy pronto. Pasamos por el Palazzo Vecchio otra vez en dirección a Santa Croce. Después bajamos por el río hasta la Galeria degli Ufizzi y cruzamos el ponte Vecchio. Vamos hasta el Palazzo Piti y hacemos un alto para enseñarles la “plaza del tuerto florentina”. Pregunto si alguien tiene hambre, me dicen que no, y yo sugiero ir a tomar un helado en la mejor heladería de la ciudad. Oye, de repente hay hambre. La mención del helado es mágica para los estómagos. 
Y como no, hay tantos donde elegir que siempre queda alguno por probar. Veo que J. Ha cogido tarta de queso, y como ese no lo he probado, le robo una cucharada con todo el morro.
 La siguiente parada es en el Ponte Santa Trinita, ya que desde allí pueden hacer unas fotos preciosas del Ponte Vecchio. Las chicas se paran en los puestos de recuerdos y los chicos empiezan a aburrirse, así que les indico donde está la tienda de Ferrari. Todos contentos. Estamos ya en la Piazza de la Republica y queda muy poco por ver. Si hubieran venido a pasar dos días y medio, hubiéramos subido al Duomo al menos, pero están tan poquito tiempo que no da para más. Pasamos por la catedral en dirección a San Lorenzo, pues sólo nos falta eso por visitar. Comemos el bocata a la sombra y nos damos una hora para recorrer las calles adyacentes al mercado central, esas que están llenas de puestecillos. Algunos salen disparados, pero yo me quedo con mis compañeras para ayudarles con las compras. Tienen un espacio reducido, así que nada de gran tamaño. Van haciendo lista de deseo y les voy llevando a los puestos para cumplir sus peticiones. Poco antes de la hora acordada estamos en el punto de encuentro con tooooodo lo que queríamos.
Algunos vamos en busca de un restaurante con comida para celiacos mientras el resto va al albergue a descansar y preparar mochilas. Reservamos en uno cerca de San Marco y volvemos al albergue. Yo me voy con mis compañeras y nos reímos mucho contando historias y anécdotas pasadas a las “nuevas”. Compartimos un poco de chocolate que compraron en Milka cuando estuvieron en Munich, que rico. Es como estar en casa. Si el año que viene hacen otro viaje como este, haré todo lo que haga falta para poder ir con ellos. Como aun es pronto para la cena, organizamos dos grupos para ir a comprar alguna cosilla de última hora. El grupo 'expedición madera' parte hacia la tienda de regalos de madera con la moto gigante y los Pinochos. Yo, como no, guío a la 'expedición chocolate' hasta Lindt. Babas por todas partes. Volvemos al albergue y cuando llegan los que faltan vamos hacia el restaurante. No nos han podido poner en una sola mesa, así que nos distribuimos entre las tres que nos han reservado. Me toca con los monitores jefes y con gente que no conocía hasta el momento, pero me lo paso genial. Me encantan estos viajes entre colegas/monitores/entrenadores. Son como una gran familia. Algunos quieren ir de fiesta, pero yo acompaño a los que se quieren ir al albergue, ya que tengo que coger mi abrigo y mi superjarra de Munich. Pero la puerta del cuarto donde he dejado mis cosas está cerrada, y la llave la tienen las que se han ido de marcha; esperemos que no tarden mucho. Para hacer tiempo, ayudo a preparar los bocadillos para el viaje de mañana y justo cuando terminamos, se abre la puerta y entra mi salvadora con las llaves en la mano. M. y M. insisten en que vuelva en taxi a casa, pero mi decisión es clara. Si no cogí un taxi el día que llegué aquí, no voy a hacerlo ahora que me conozco los horarios de buses. Me despido de los que están en el piso, los besos y los abrazos vuelan por doquier, y prometemos quedar cuando vuelva a Vitoria.

Llego a casa muerta de tanto andar, se me habían curado ya las agujetas de estar con mi familia. Mando un mensaje para que sepan que he llegado y caigo en la cama casi dormida ya. Espero que les haya gustado estos dos días que han pasado en Florencia, desde luego, haberles acompañado ha sido todo un placer. Os quiero, chicos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario