Según
he calculado, estoy exactamente en la mitad de la estancia. Me quedan
40 días más por delante, pero hoy eso no me importa. Me levanto y
voy a recoger a la familia al hotel. Los del restaurante han sido muy
majos y me han dejado cuadrar los turnos como yo quiero para poder
estar el máximo tiempo con ellos.
Nos
plantamos en la Galeria de la Accademia bastante antes de nuestra
hora de entrada, así que aprovechamos para coger las entradas para
la Galeria degli Uffizi. Cogemos solo tres, ya que a mi padre los
museos tampoco le interesan tanto. Nos ponemos en la cola y una chica
nos hace pasar por una entrada secundaria sin mirar la hora que pone
en nuestras entradas. Mi hermana es nuestra guía aquí dentro, ya
que es ella la que sabe más de arte. Y si hay que traducir algo, lo
hacemos entre las dos. Vamos pasando obra tras obra y al final
llegamos a la estrella de la Galeria: el David. Vamos observándolo y
comentando nuestras impresiones mientras lo rodeamos. A mi sólo me
gusta desde un punto, desde la derecha, hacia donde gira la cara. Hay
un punto en el que lo miras y parece que en cualquier momento te va a
hablar. Tiene unos ojos y una cara... desde ese punto es genial. La
malo es que si lo miras desde otro lado, y a riesgo de recibir palos
por mi opinión, el señor David está totalemente desproporcionado.
Entiendo que esas fueran las medidas perfectas en aquel entonces,
pero, siento decirlo, no me gusta el David. Seguimos la visita, vemos
el museo de música, donde descubrimos instrumentos que nunca antes
habíamos visto y compramos unas postales de esa mirada del David a
la salida.
Ya
es la hora de comer, así que vamos a buscar un sitio camino a la
estación de tren. Encontramos uno buenísimo cerca del Duomo. Yo me
pido una calzopizza: mitad calzone, mitad pizza. Y descubro que
cuando en la carta pone 'ligeramente picante', quiere decir 'picante
salido de los infiernos de Mordor'. Pero bueno, está riquísima
igualmente. Vamos a la estación de tren y cogemos los billetes a
Pisa. Aún nos queda un rato, pero la cola de espera para preguntar
por los billetes de interrail es demasiado larga, así que nos
montamos en el tren. Casi me quedo dormida, y por casi creo que me
dormí del todo, cabeza con cabeza con mi hermana. Si, hay foto. No,
no la vais a ver. Llegamos a Pisa y nos encaminamos hacia el Duomo.
Seguimos la ruta que nos recomienda la guía que nos ha prestado
nuestra prima. Según esa guía, debemos ir por una calle secundaria
que desemboca en una plaza desde la cual se tiene una vista
sobrecogedora de los tres edificios que están inclinados: el Duomo,
el baptisterio y el campanario, más conocido como la Torre de Pisa.
Llegamos a la plaza y... lo siento, hoy parece que está siendo un
día de decepciones. Veo la imagen y todo lo que pienso es “jopé,
qué chiquitín es todo”. Nos acercamos al recinto del Duomo,
admiramos la famosa Torre y... ¿y el resto? ¿Dónde está el resto
de la torre? El las postales parece grande, magnífica, esbelta.
Aquí... mide 45 metros y casi se puede pisar antes que verla. Leemos
su historia, no menos desternillante que su altura. Resulta que
empezaron a construirla y cuando llevaban diez metros se empezó a
inclinar, así que, en vez de parar, siguieron construyendo. “Ya se
ocupará alguien del futuro en apuntalarla, y si no, seguro que queda
muy turística”, pensó uno de los albañiles de la época. Tomamos
algo en el peor bar de Pisa sin quitarnos el hambre y cogemos el
tren. Hoy no me quita nadie cenar en el Hard Rock. Después de
aplazarlo desde el sábado, vamos a cenar ahí y punto. Hasta a mi
padre le gusta la cena, y eso que no es comida normal del todo.
Terminamos la cena compartiendo un brownie con helado que está de
muerte. Este se queda apuntado para repetir antes de irme a Vitoria.
Cuando
llego a casa aún tengo el sabor del chocolate en la boca. A dormir,
que mañana si que toca madrugar.
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