Me
despierto un poco más tarde de lo normal y monto campamento en la
sala para no molestar a las dormilonas del cuarto. Hago algo de
limpieza y completo el cuaderno de prácticas hasta el día de hoy.
Me hago una ensalada completita para comer y salgo para el curro. Me
quedo mirando los contenedores de basura. Los de aquí son distintos
a los de España. El marrón es para residuos orgánicos, el azul
para la basura normal, y el amarillo para cartón y papel.
Hago
mis tareas diarias con suma rapidez, pues ya me siento en esta cocina
como en casa. Frío el pollo para la cena mientras S. hace el primer
plato. Hacemos un poco de pesto casero y ordeno los frigoríficos
para estar preparados para los clientes. Y esos clientes no llegan.
Esperamos y esperamos, y cuando creíamos que nos íbamos a morir de
aburrimiento... ¡una persona! Estamos tan tranquilos que F. me mira,
hace una reverencia y me dice “tutto tuo”. No me lo puedo creer.
Me pongo en marcha enseguida y meto el timbalo de melanzane en el
horno. Mientras, cojo dos sartenes y preparo la salsa de tomate para
el primero y las guarniciones para el segundo. Al menos son platos
que controlo bastante bien, ya que he ayudado muchas veces a
emplatarlos. El primero sale rápido y bonito hacia la sala y
automáticamente me pongo con el segundo, que también me sale genial.
Parece que tanto observar da sus frutos.
Después
de este cliente vienen unos pocos más, pero no hay nada de ajetreo.
F. comenta que dentro de poco esperar a otro tirozinante (un
estudiante de prácticas) y, cito textualmente “Si viene alguien
como Lidia, que es molto brava, bien. Pero si viene uno que se toca
las narices, pues no”. Ay, no quepo en mi de gozo. Terminamos en
día con unos postres y limpiamos entre todos para poder irnos antes
a casa.
Cuando
llego a mi cuarto veo que no están las otras dos ocupantes, así que
me pongo una peli y a disfrutar de la noche del domingo.
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